Infieles

Que se te rompa el corazón es la parte sencilla; saber cuando salir adelante es el desafío.

Una vez leí que, la locura de un hombre a menudo era la mujer de otro hombre.

Todo empezó cuando mi matrimonio, que estaba al borde del divorcio, por arte de magia comenzó a recuperarse. Mi marido me regalaba flores sin motivo alguno y me colmaba de regalos, me llevaba a pasear y cogía mi mano como si tuviera la intención de marcharme, cocinaba exquisitas cenas con velas y hacíamos el amor como los primeros años. Me di cuenta que me era infiel, entre otras cosas porque no soy gilipollas. Una parte de mí quería que el hombre del que me enamoré hacía ya casi veinte años acabara con esa aventura, pero otra parte deseaba que mi matrimonio siguiera como hasta ahora, porque en verdad, aquella mujer que yo desconocía solo había hecho bien a nuestra relación, y es raro decirlo, pero es absolutamente verdad. Sabía que solo era una aventura pasajera, tener sexo descontrolado con una mujer que no le hablaba de deudas, ni de la escuela de los niños, con ella el podía ser joven otra vez, y recordar que hubo una vez que el no tuvo compromisos ni obligaciones.

Aunque yo siempre me consideré bastante conservadora y amante del matrimonio y la estabilidad, me parecía injusto que el disfrutara de esos momentos de soledad y enajenación, mientras yo me quedaba cuidando de nuestros niños. Yo también quería sentirme joven y sin responsabilidades, quería olvidarme del mundo y centrarme en mí, sentirme deseada y sentir deseo por alguien.

Empecé una relación extramatrimonial con Ricardo que duró siete meses, un amigo de la familia, casado también. Yo siempre vi en él una vía de escape, una excursión a los infiernos. Y mi marido lo sabía, yo misma se lo había dicho, porque yo no mentía. Le quería a él, y  quería que nuestra vida siguiera igual, por nuestros hijos.

Era las cuatro de una noche fria de enero cuando la calle se abarrotó de gente, me desperté sobresaltada del ruido que hicieron mis hijos al bajar las escaleras, miré a mi izquierda y mi marido no estaba, eso no era una novedad, casi nunca pasaba las noches en casa, pero siempre estaba listo a las ocho con traje y corbata para llevar a nuestros hijos al colegio e irse a trabajar. Me pusé una chaqueta y salí a la calle, jamás había pensado que aquello podría pasar, mi marido estaba en frente de nuestra casa, donde tantos años habíamos sido felices, ensangrentado y sujetando un cuchillo con su mano derecha. Me miró y susurró:

-No soportaba más saber que te perdía.

En aquel mismo momento, llegó la ambulancia y varias patrullas de policia.

Ricardo fue asesinado a manos de mi marido con cinco puñaladas en el pecho.

El amor es fuerte como la muerte; los celos son crueles como la tumba.

 

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